¿EXISTEN LOS MILAGROS?
Nombre: Benjamín Alberto Pérez Vallespir
Curso: Primer Año Medio B (IºB)
Tema: ¿Existen los milagros?
A lo largo de la historia de la humanidad ha habido cientos de hechos inexplicables que la gente a buscado una forma de explicarles.
Según la religión Católica estos son milagros, hechos enviados por Dios para demostrar que realmente existe y demostrarle a la humanidad su infinito poder y amor por ella.
A pesar de esto, mucha gente los ataca diciendo que son unas mentiras falaces inventadas por los religiosos para poder atraer la atención de la gente, un argumento común en estas personas es: “Los “milagros” no son nada más que hechos científicos a los que no se les ha buscado una explicación lógica y racional”, pero, la iglesia católica los defiende con esto: “Para considerar milagro un hecho este debe demostrar ser totalmente imposible de realizar por cualquier otro método científico”
Aquí va una cita textual de una página católica que aborda este problema:
“Si bien existen numerosas formas en que Dios puede decidir ayudar al hombre, hay una de ellas – la de la curación – que ha alcanzado el mayor grado de evolución en materia investigativa por parte del mismo Vaticano. Esto se debe en cierta medida a que la curación es el terreno de más fácil observación científica, y en parte también a que el estudio de milagros nace cotidianamente en la Santa Sede con el objetivo de poder determinar la santidad de un candidato a la canonización.
En primer lugar, se colige de lo antes dicho que, para el caso particular del estudio de un milagro de intercesión de un candidato, es absolutamente necesaria la iniciativa de los creyentes que piden su favor. En palabras de Juan Pablo II, tales curaciones, debidamente verificadas y reconocidas por las autoridades eclesiásticas (en materia de fe y doctrina) y por las autoridades médicas (en materia científica), “son como un sello divino que confirma la santidad de un siervo de Dios cuya intercesión ha sido invocada, una señal de Dios que inspira y legitima el culto rendido (al candidato) y da certeza a las enseñanzas que la vida, el testimonio y las acciones (del candidato) encarnan.
El estudio científico del hecho, ha llevado a la creación de una Consulta Médica en la congregación para la Causa de los Santos. Esta consulta está formada generalmente por un equipo de cinco médicos, que durante todo el año (exceptuando agosto y septiembre) se reúne cada dos semanas para examinar dos milagros potenciales. Los equipos se reclutan entre los más de sesenta médicos residentes en Roma que integran la Consulta Médica de la Congregación.
En cuanto al procedimiento, cada caso se presenta a dos miembros de la Consulta, que estudian los materiales y redactan sendos informes de cuatro a cinco páginas. Ninguno de los dos conoce la identidad del otro. Si uno de los informes o ambos resultan positivos, se presenta el caso a otros dos médicos y al presidente de la Consulta, y la decisión se toma por votación de los cinco miembros del equipo. Más de la mitad de los casos son rechazados. En un año normal, por tanto, Consulta Médica examina unos cuarenta casos; de los cuales, incluidos los que se remiten al lugar de origen pidiendo informaciones adicionales, sólo unos quince sobreviven al escrutinio de los médicos.
Es fácil comprender por qué. Cada asesor ha de pronunciar un dictamen sobre el diagnóstico, el pronóstico y la conveniencia de la terapia empleada. La curación debe ser completa y duradera y, además, tiene que resultar inexplicable según todos los criterios científicos conocidos. Se excluyen los linfomas, los cánceres de células renales, los de piel y los mamarios, que tienen un elevado índice estadístico de curación natural. Lo mismo sucede con las enfermedades mentales, ya que el concepto de curación en tales casos es difícil de definir. Al final, en el pleno del equipo, cada médico tiene la opción entre dos votos: “natural” o “inexplicable”. La Congregación prefiere la unanimidad; pero, como puede atestiguar cualquier paciente que haya consultado a un segundo o a un tercer médico, alcanzar un acuerdo entre cinco médicos, y aún entre cinco especialistas diferentes, resulta excesivamente difícil; de modo que, por lo general, una mayoría simple es suficiente para que un milagro sea aceptado como tal.
Un ejemplo de falta de antecedentes lo da un caso de África del Sur, que llegó a la congregación sin ninguna clase de documentación científica. La curación se atribuía a un sacerdote francés, el padre Joseph Gérard, que vivió durante sesenta años como misionero entre las tribus zulúes y basoto del actual Lesoto. Gérard murió en 1914, y como anticipo del viaje papal a Lesoto en 1988, la congregación estaba revisando un posible milagro ocurrido en 1928. Según la escueta positio de cuarenta páginas, a una niña negra de seis años se le desarrolló una costra en la cabeza, se extendió sobre los ojos y le causó ceguera; se formaron úlceras en las cuencas de los ojos, que le colgaban de los párpados como diminutos anillos deformes. Un misionero protestante y médico itinerante la examinó cuatro veces y, finalmente, le dijo a la madre que la infección era incurable. La madre, desconcertada, acudió a la iglesia católica local, donde le dieron una reliquia de Gérard – un poco de tierra de su tumba – y la alentaron a pedir su intercesión. Las hermanas misioneras comenzaron a rezar una novena a Gérard. Al día siguiente, un sábado, el párroco le entregó a la madre otra reliquia. Esa noche, la niña manifestó haber tenido una visión en la que un anciano sacerdote le aseguró que se curaría. A la mañana siguiente, las costras habían desaparecido y la niña podía ver. Lo único que quedó, según un examen médico realizado cuarenta y ocho años después, fue una cicatriz en una córnea, indicativa de una horadación.
Los asesores médicos no tenían nada a que atenerse, salvo las declaraciones de los testigos; entre ellos, el pastor, quien dejó constancia escrita de lo que vio. Además, había un examen del ojo, realizado por un oftalmólogo cuando la mujer tenía cincuenta y cuatro años. A partir de tan escasas pruebas, parecía que la niña había contraído una forma de impétigo; pero los asesores coincidían en que eso solo no explicaba la perforación de la córnea. Pese a la escasez de datos médicos, el doctor Camillo Pasquinangeli, especialista en enfermedades de los ojos, se empeñó en estudiar el caso, y finalmente, encontró una enfermedad llamada penthius que correspondía a los síntomas observados y, en su opinión, podía explicar la perforación de la córnea. Cuando se reunió el 1 de septiembre de 1987 el pleno del equipo de cinco asesores, el doctor Pasquinangeli logró convencer a los otros de la plausibilidad de su diagnóstico. Dado ese diagnóstico y la gravedad del caso, el equipo estuvo de acuerdo en que no había ninguna manera científica de explicar la completa e instantánea recuperación de la vista que experimentó la niña. Al año siguiente, el Papa Juan Pablo II beatificó a Gérard ante diez mil católicos en Lesoto.”
http://es.catholic.net/temacontrovertido/609/1554/articulo.php?id=3244
Según la misma página, para la aprobación de un milagro debe existir una sucesión de pasos, comenzando por la aprobación en el campo teológico
Básicamente, y como hemos podido ver, la tarea de la Consulta Médica es decidir si una curación es científicamente inexplicable o no. Los médicos no pueden decidir si se trata de un milagro; ese juicio queda reservado a los asesores teológicos, cuyas opiniones deben luego ser secundadas por los cardenales de la congregación y, al final, por el Papa. La teoría es que el reconocimiento de los milagros es materia del entendimiento teológico y eclesiástico, que se sirve del conocimiento médico como una herramienta para no cometer errores en sus dictámenes.
Hay en la Congregación sesenta y seis asesores teológicos, de los que sólo unos cuantos son convocados con regularidad a reunirse, en equipos de siete miembros, para revisar los procesos de milagros y determinar que la curación se produjo únicamente mediante la intercesión del siervo de Dios.
Las pruebas principales las constituyen las declaraciones de los testigos. ¿Quién invocó al siervo de Dios? ¿Fue mediante oraciones, uso de reliquias, etc.? Los elementos clave son el tiempo y la causalidad. Debe quedar claro que la recuperación del paciente no se produjo sino después de que se invocara la ayuda del siervo de Dios, e igualmente claro que la curación se consiguió por medio de la intercesión del siervo de Dios y de nadie más.
Esas decisiones, obviamente, no requieren mucha pericia teológica, pero sí una cierta familiaridad con la teología de la intercesión operativa de la Congregación. Si un paciente reza, por ejemplo, simultáneamente a Jesucristo y al siervo de Dios, el milagro puede atribuirse a este último por la razón de que Jesucristo está necesariamente presente en todas las gracias otorgadas por Dios. Por otra parte, cuando se invoca simultáneamente a más de un santo o siervo de Dios, la curación será rechazada, porque no hay manera de saber a quién atribuir la intercesión divina.”
La iglesia no puede nunca aprobar un milagro sin antes la aceptación de la inexplicabilidad de este por parte del mundo científico, lo cual se demuestra con el caso de los milagros de sanción que son los más fáciles de comprobar, ya que el esquema para comprobarles puede ser más metódico y no solo oyendo testimonios, y aparte de esto, como también se puede apreciar, el hecho debe también ser aprobado por gente religiosa que se concentra en el aspecto teológico de los hechos sin ignorar el hecho científico, un ejemplo claro la gruta de Lourdes, en la cual una niña llamada Bernabett vio a la virgen, y esta hizo brotar de la roca una fuente de agua que curaba a la gente y un equipo completo de médicos ateos y cardenales se dedico a comprobar si esto era real, terminando decidiéndose por decir que era un hecho verídico.
Hay también otra clase de milagros, Recordemos que nuestro hermano Andrés Bessette, hoy es san Andrés, porque se le comprobó uno de sus tantos milagros.
Yo opino que si bien los milagros existen, cada cual debe tener la posibilidad de atribuirlos a quien considere más correcto, a Dios, sin lugar a dudas.

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